FRIDAY FUN: La otra cara del transporte público en México

La Ciudad de México es la urbe más dolorosa para viajar en el mundo, de acuerdo con la Encuesta del Dolor del Viajero que realizó el Institute for Business Value. La capital mexicana logró 108 puntos en una escala de 0 a 100, rompiendo los parámetros propuestos por este instituto.

Sin embargo, no todos los viajes son malas experiencias; el metro, el Metrobús, los camiones de pasajeros (conocidos como “micros” o “peseros”) que transportan diariamente a millones de personas están llenos de anécdotas que, quienes las vivieron o quienes tuvieron la oportunidad de ser testigos, las recuerdan con una sonrisa en la cara.

Historias que parecieran sacadas de una brillante mente literaria pero que son perfectamente creíbles una vez que has utilizado el transporte público de la Ciudad de México.

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Encomendado a santos

La sociedad mexicana profesa mayoritariamente la religión católica, por lo que es común tener estaciones de metro con nombres de santos como San Antonio Abad, San Pedro de los Pinos, San Cosme y otros.

Berenice Carrillo, especialista en finanzas y usuaria diaria del transporte público, cuenta su experiencia en la Línea 2 del metro (una de las más concurridas por cruzar la ciudad de norte a sur y pasar justo por el Centro Histórico):

“Un día de lluvia, el metro se quedó detenido durante mucho tiempo justo antes de llegar a la estación San Antonio Abad (al tener estaciones a nivel de piso, las autoridades del metro inician protocolos de “marcha de seguridad” para evitar accidentes); la señora que estaba a mi lado comenzó a rezar y cuando la grabación del metro informó “Próxima estación: San Antonio Abad”, la señora gritó “¡San Antonio del Abad, sácanos de aquí!” para después continuar con sus plegarias”.

Otro error que suele suceder, aunque seas experto en el transporte público capitalino, fue lo que le sucedió a Denisse Silva –quien compila sus historias en camiones, taxis y metro bajo el Hashtag #PeopleOfPinoSuarez (Pino Suárez es una céntrica estación del metro)–; esta joven simplemente erró de destino por una mala comprensión.

“ACOPILCO es un municipio en el Estado de México”, comienza su relato Denisse.

“Resulta que saliendo de trabajar (Torre Bancomer en Reforma) me dispuse a abordar el metro: "Disturbios en las vías" se escuchó en los altavoces. Después de 30 minutos de esperar, decidí que tenía que buscar otra opción antes de empezar a delirar de hambre; como soy muy aventurera decidí enfrentarme una vez más a mi más acérrimo enemigo: el camión.

Caminando por el paradero escucho: "A Copilco directo, súbale hay lugares", justo yo iba a Metro Copilco (al sur de la ciudad), entonces pensé: "¿Directo? ¡Que maravilla!" y pues ya me subo y le pregunto al chofer: ¿cuánto es?

- ¿A dónde va?

- Al Metro, Metro Copilco.

- $7.00

El precio se me hizo justo para ir sentada todo el camino y como era directo podía ir dormida.

Sentí que ya había pasado mucho tiempo y abrí mis ojitos y puuuuuum: BIENVENIDOS A CUAJIMALPA.

- "¿Qué pasa? ¿Cuajimalpa? ¿Por? Me mato", pensé.

Por un momento me engañé pensando que era una de esas rutas extrañas que toman los camiones y que iba a llegar a Santa Fe (en la punta Poniente de la urbe) y luego bajar por Periférico (ya sé, una idea descabellada, pero tenía que darme ánimos) después se subió un trío de Jazz a tocar éxitos de música cubana y dije: "No está tan mal, qué talentosos son en Mordor (analogía a J.R.R. Tolkien sobre lejanas zonas urbanas dentro de la Ciudad de México y su zona metropolitana)".

Seguía pasando el tiempo y seguíamos avanzando y avanzando; yo con 2% de pila y el respaldo en la otra bolsa , ni Waze, ni Google Maps reaccionaban, se apagó mi celular y tras más de una hora de camino, pasé la caseta de Toluca, Estado de México; ya no me pareció tan gracioso, intentar bajarme resultaba absurdo, porque además de que el camión era "directo", las tres paradas que hizo el chofer fueron a la mitad de la carretera y yo sin pila; pues ni UBER, ni Yisus mismo podían ir a mi rescate.

Total que decidí que el miedo no debía apoderarse de mí y que lo más lógico es que si había un Acopilco Directo habría un Chapultepec Directo. Llegué a la "terminal" (después de que el chofer batalló con los frenos en las horribles pendientes de Acopilco, se escuchaba más feo que freno de canoa de feria), total que la "terminal" estaba situada a un costado de un Palacio Municipal o algo que parecía serlo, había un quiosco y un arco de flores; Acopilco es un pueblo espantoso, calles angostas, ni unos taquitos decentes, no vendían coca light en la tienda, los lugareños me veían como las comadres de Pocahontas veían a John Smith, moría de hambre pero traía un billete de mil pesos, o sea que era como si no hubiera traído un pinche peso, ni semillas de cacao, ni escote, nada, ¡NADA!, nada que intercambiar; completamente pobre y desdichada. Quería pasar desapercibida, actuar como local, pero justo ese día decidí estrenar una bolsa bonita y unos zapatitos que llaman la atención. Todo mal.

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Respiré hondo y le pregunté al chofer ¿cómo podía regresar?

- "Pues aquí mismo", me dijo sin poder contener la risa.

Lo odié, pero no le di el gusto de regresarme con él, fui a pagar mis últimos $7.00 pesos a otro camión, en donde se subieron 7 muchachos de aspecto sospechoso, luego unos hondureños que querían dinero para cruzar la frontera, después un chavo en rehabilitación (no se vía que fuera muy adelantado en el proceso), regresé a Metro Observatorio, según yo muy relajada, muy en meditación, muy zen, muy ‘aquí no pasa nada’, muy en control de la situación, aunque en el fondo estaba encomendándome a santos que ni yo sabía que conocía.

Ya que me regresó el alma al cuerpo, le pedí disculpas a mi querido Metro y le prometí no volver a serle infiel, aunque me haga esperar horas y me ataque la claustrofobia”.

Y pues ya, el A-espacio-Copilco directo fue todo, menos eso”.

La amabilidad en el transporte público

Pero no sólo en el metro suceden eventos para recordar; esto lo demuestra Eduardo Castañeda, quien dejó su natal Guadalajara para estudiar periodismo en la Ciudad de México y donde algunos excesos le hicieron pasar momentos incómodos.

“Mi historia demuestra que, si bien existe la inseguridad y descontrol en casi todas las opciones de transporte público de la Ciudad de México, de cuando en cuando puede tenerse la fortuna de encontrar personas dispuestas a mostrar amabilidad por un extraño en apuros. Y en la historia que contaré no fueron una, sino dos buenas samaritanas.

Todo comenzó un sábado por la mañana –entre 8 y 9, no lo recuerdo bien pero ya había luz del sol–, unos amigos y yo salíamos de un conocido "after" de Av. Insurgentes, justo enfrente de la estación Dr. Gálvez del Metrobús (al sur de la ciudad). Sobra decir que el cotorreo había estado bueno y a esas alturas no me encontraba en el mejor de los estados de conciencia.

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Mis amigos vivían cerca del lugar, y yo hasta la Colonia Escandón, cerca de la Estación Nuevo León (en la zona centro-poniente capitalina), por lo que no dudé en despedirme y emprender el regreso en transporte público. Mis predicamentos comenzaron al llegar a la máquina proveedora de saldo para la tarjeta. Al ser un estudiante en aquellos días, mi presupuesto era muy limitado y me di cuenta que sólo contaba con un billete de 100 pesos. Estas máquinas no dan cambio, por lo que aún en estado "alegre" supe que no podía dar todo ese dinero al aparato.

Lo mejor que se me ocurrió fue la osadía (o tremenda estupidez) de pedir al guardia de la estación que "si me ayudaba a completar mi pasaje". El hombre sólo atinó a dirigirme una penetrante mirada de desconcierto/pena/lástima sin responder nada. Tardé algunos segundos en darme cuenta que mi plan no era el más brillante.

Tal vez fue tan patética la escena que momentos después una mujer de entre treinta y cuarenta años se me acercó providencialmente preguntando: "¿Cuánto te hace falta?", ante lo que miré al vacío, pensativo, durante uno o dos segundos para responder: "Hmm, creo que todo". La mirada incómoda de esta amable persona se hizo más notoria, pero procedió a proporcionarme la cantidad necesaria para regresar a casa.

Luego de agradecerle, abordé la unidad y las ganas de liberar mi vejiga comenzaron a hacerse molestas, por lo que procedí a tomar asiento y dormitar un poco. El viaje procedió sin mucho sobresalto, pero poco a poco comenzaba a entrar esa molesta luz del sol por la ventana, que combinada con los saltos propios del camino iniciaron unas atroces nauseas.

Sabía que perder aún más el decoro era difícil, pero no imposible, así que como pude controlé la reacción natural de mi cuerpo hasta llegar a la tierra prometida: Estación Nuevo León.

Al bajar de la unidad, fue tanto el alivio que me relajé y en el bote de basura que se encuentra en todas las estaciones, olvidé lo poco que me quedaba de dignidad liberando el contenido de mis adentros. Nuevamente conocí el verdadero significado del término "dar lástima" en las miradas de las personas que pasaban por ahí. De pronto, otra mujer, nuevamente de entre treinta o cuarenta años, se acercó a mí y con mirada compasiva me dijo: "Toma".

Era un pañuelo desechable lo que amablemente me entregó, para limpiar mi persona y que el resto del camino fuera, quizá, un poco menos vergonzoso.

Fue así que comprendí que si bien el Distrito Federal mantiene una fama de ser frío y hostil, es posible encontrar la amistad desinteresada de un desconocido en las situaciones más inesperadas”.

Por último, el que aquí escribe no es ajeno a estas anécdotas; sucedió hace algunos años, en el metro rumbo a uno de los mayores festivales de música rock en México; el metro atestado de jóvenes con playeras negras, largas cabelleras, mochilas y actitud para ver a algunos de los grupos más representativos del rock latinoamericano.

En el vagón no cabía un alfiler y, sin embargo, las ganas de llegar temprano provocaban empujones y gente apretada en todas direcciones. Una joven pareja intentó hacer un último esfuerzo antes de que las puertas se cerraran. Él logró entrar, ella no.
“¡Mi novia!, ¡mi novia!, ¡déjenme salir!”, gritaba el joven mozo, pero las puertas ya no se abrieron; sin embargo, alguien tuvo una idea genial: “métete por la ventana”, le sugirieron a la extraviada novia, quien no se hizo repetir la sugerencia.

metro lleno

La señorita en cuestión decidió aventarse al más puro estilo de una estrella de rock, hacia los brazos de quienes, dentro del vagón, la recibimos para enviarla por encima de los brazos hasta donde se encontraba su fiel amante; la historia terminó con un romántico beso que fue aplaudido por la multitud ahí congregada.

No pierdas la oportunidad de vivir tus propias experiencias únicas y utiliza, de vez en cuando, el transporte público de la ciudad; incluso podrías conocer pequeños poblados que no aparecen en las guías turísticas.

 

*Fotos: obtenidas de Facebook.