La (in)utilidad del espacio público

Calle cerrada para un picnic urbano. (Foto: Ádám Szedlák/Flickr)

“Es urgente fortalecer la función social del espacio público en la ciudad como un lugar de encuentro que contribuye a tener una sociedad abierta, democrática y sustentable”.
Jan Gehl, fundador de Gehl Architects.

Cuando escuchamos las palabras “espacio público” inmediatamente nos remitimos a parques, plazas, banquetas y autopistas; a zonas para transitar (vialidades), a esos “conectores” necesarios para ir de casa al trabajo o a la escuela, a la tienda, a la iglesia… Sin embargo, la función del espacio público va más allá de la idea de conectarnos u ofrecernos áreas de esparcimiento. El espacio público es algo más profundo que un bien útil para los habitantes, es donde se hace ciudadanía, donde tienen lugar la mayoría de los intercambios de cualquier índole entre las personas.

El espacio público sirve para más cosas que simplemente, valga la redundancia, “servir para algo”.

La visión utilitarista que nos ha acosado desde la Revolución Industrial ha generado justo la idea anterior: la finalidad es la producción y, todo aquello que no produzca dentro de nuestra sociedad capitalista-consumista, no funciona o es relegado. Así, las ciudades que hemos construido se basan en llegar más rápido y más lejos, en aumentar la capacidad de producción y, por ende, cualquier otra utilización del espacio público que salga de este canon nos parece incorrecta y contradictoria.

¿Detener el tránsito en el centro de Nueva York para cazar Pókemones?, ¿pasear sin rumbo fijo como el flâneur de Baudelaire?, ¿detenerse a observar el desplazamiento de las nubes?, ¿caminar despacio mientras se disfruta de una agradable compañía?, ¿enojarnos por la gente que camina delante nuestro en total calma y disfrute?, ¿utilizar una bocacalle como portería en un callejero partido de futbol?, ¿cerrar el Paseo de la Reforma en la Ciudad de México para protestar…?


Protesta en una de las avenidas principales de la Ciudad de México. (Foto: Montecruz Foto/Flickr)

La utilidad del espacio público más allá de su utilidad

Pensar en el espacio público sin tomar en cuenta algunas de sus otras funciones principales (movilidad, esparcimiento, comercio, protesta, entre otras) no sólo sería ingenuo sino también irresponsable. Sin embargo, debemos entenderlo como EL LUGAR donde se hace ciudad, donde nos encontramos con la otredad, donde se hace política…

  • Para movernos:
    El espacio público es el lugar por donde transitamos (en auto, en moto, en bicicleta, en transporte público o a pie) para trasladarnos y cubrir muchas de nuestras necesidades. Es donde convivimos con millones de “commuters” (o viajeros de un punto “A” a un punto “B”, palabra que no tenemos en español) cada día. Y precisamente es en estos términos en los que se han realizado muchos cambios para mejorar la coexistencia de los distintos modos de transporte, haciéndolos más seguros y eficientes con clara preponderancia hacia los más vulnerables: peatones y ciclistas.
  • Para disfrutar:
    Los parques, las plazas, los espacios arbolados con agradables bancas. Esto también es espacio público y se han entendido como esos oasis que se otorgan a la ciudadanía para que pueda distraerse un rato (haciendo énfasis en “un rato”, ya que el ocio es considerado algo negativo en nuestros días) antes de continuar su vida atada a la producción; incluso, bajo esta filosofía utilitarista es que ahora nuestros parques nos ofrecen Wi-Fi gratuito, no vaya a surgir alguna urgencia y uno sin poder revisar su correo electrónico por estar en el parque…
  • Para conocer(nos):
    Cada vez es menos la gente que se conoce en el espacio público; la violencia, la inseguridad, la falta de espacios de calidad hacen que cuando un desconocido nos aborda en el espacio público pensemos en cualquier cantidad de terribles escenarios y, en último lugar, pensemos en que sólo quería charlar y conocer a alguien más de su misma especie. ¿Recuerdan esa historia en la que nuestros abuelos daban vueltas alrededor de un punto fijo (normalmente un kiosco) hasta que se decidían a abordar a una chica? Actualmente las relaciones sufren de este frenesí de producción: pareciera que conocer gente en la calle no tiene un sentido si no le podemos sacar provecho. Pero, ¿y el simple gusto de conocer a alguien agradable? ¿De hacer amigos?
  • Para hacer política:
    El espacio público es el espacio perfecto para hacer política. Mítines, manifestaciones de cualquier índole, protestas… Es aquí donde la ciudad democrática cobra vida, es donde reafirmamos nuestras ideologías, preceptos éticos, políticos y morales; incluso orinar en la esquina de un callejón oscuro tiene un cierto grado de política, como una clara manifestación ante la falta de servicios de calidad en el espacio público, en este caso, baños. Es en el espacio público donde se puede presionar a las autoridades para tomar decisiones o reaccionar ante exigencias o injusticias; entre mayores sean las afectaciones a la vida pública “normal” de la ciudad, se logrará un mayor impacto. Así podemos recordar las marchas de blanco contra la violencia o contra los secuestros; el número de personas que “tomaron las calles” fue impresionante y generó reacciones en todos los niveles de gobierno; otras protestas campesinas, obreras, estudiantiles, sindicales y de distintas índoles que han logrado aglutinar a diferentes sectores han provocado reacciones similares. La protesta debe ser incómoda y, ante la visión consumista de la sociedad actual, estrangular las vías para automóviles resulta sumamente incómodo.


Reunión masiva en Japón para atrapar Pokémones. (Foto: sodai gomi/Flickr)

El espacio público que necesitamos

Podemos asegurar que el espacio público es algo más que árboles, bancas, banquetas y calles. Es donde “somos”, donde nos definimos como comunidad o sociedad, donde también se halla la otredad, el otro como espejo de uno mismo: donde podemos ver al obrero aprovechando su descanso para dormir bajo un centenario roble mientras los “millennials” cazan pókemones y un oficinista se prepara para atacar la comida que trajo desde su casa. Es donde podemos hacernos escuchar ante injusticias o donde podemos presionar a las autoridades para lograr cambios. Donde podemos celebrar el Óscar ganado por Leonardo DiCaprio, el pase de la selección de futbol a la siguiente ronda del torneo o leer, o jugar, u observar. Es donde podemos ser unos perfectos ociosos que disfrutan de un atardecer o convertirnos en recolectores de basura voluntarios.

Y todo esto está bien.

El espacio público sirve para producir, para consumir y también para hacer nada: para el ocio. La belleza de los espacios públicos también está en ello: no tienen una sola finalidad concreta y, por eso, es necesario exigir más y de mejor calidad, para satisfacer todas sus finalidades.